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Familia lesbiana, sagrada familia

Experiencia de un Arquetipo

Caroline T. Stevens

Meditando acerca del arquetipo de la familia, he recordado mi secreta felicidad de cuando era niña, en Navidad, cuando arreglaba las figuras de yeso pintado de la Sagrada Familia bajo el árbol. Las sacaba de una caja llena de paja en la que habían estado esperando todo el año y las arropaba con nieve de algodón bajo las olorosas ramas de pino. Estaban acompañadas por un círculo de animales, una vaca blanca y negra (a la que le faltaba un cuerno), una cabra marrón y cinco ovejas blancas. La figura de José (que era y no era el padre) permanecía de pie con actitud protectora detrás de María y el Niño, y cerca de ellos un pastor rubio se inclinaba sobre su cayado. Los reyes magos vestidos de morado, rojo y azul, se aproximaban a las figuras centrales, reverentes y trayendo regalos. La Familia y sus acompañantes constituían un cuadro de amor y felicidad que despertaba admiración; era el toque final en la preparación del árbol, y su arreglo era una tarea exclusivamente mía, desarrollada con el máximo cuidado buscando el lugar mejor para cada figura. Los regalos que nos hacíamos los miembros de la familia se ponían luego alrededor del árbol, y los ángeles anunciadores cantaban cada año los villancicos que llenaban nuestro hogar.En mi rito anual ponía a la Madre y el Niño en el centro de un círculo protegido,foco de la cordial fe de hombres, animales y ángeles. Aunque los peligros y trabajos
acecharían a aquel Niño, aunque Su verdadera palabra apenas era conocida en la tierra, una estrella resplandecía sobre Su lugar de nacimiento, y el poder supremo del universo, así se decía, era Su verdadero progenitor. En mis años posteriores como junguiana, he sentido el apoyo clave que ese mito me proporcionó durante la infancia, y he entendido la urgencia con la que intentaba realizarlo en las situaciones de mi vida. Y ahora me parece que el mensaje central del mito era éste: la familia existe para reconocer, cobijar y fomentar posibilidades creativas que aguardan en cada uno de nosotros. Como las encarnaciones humanas del mito, la realidad terrestre suele quedarse dolorosamente lejos de este ideal. Quizá las mismas dificultades que experimenté en mi primera familia contribuyeron a la forma tenaz en que intenté, una y otra vez, contra las probabilidades de «disfunción», crear en aquella familia y en las que formé posteriormen te con marido y niños, una expresión de la posibilidad arquetípica. Quizá tanto el arquetipo como las limitaciones humanas contribuyeron a que, en la mitad de la vida, escogiera una profesión dedicada al reconocimiento y fomento de potenciales que esperan nacer en mi vida y en otras vidas heridas: la psicoterapia. En años posteriores he visto que el poder del mito y mi terca fe en él dan fruto a la larga, tanto en mi trabajo como en mi familia. Los niños de mis años iniciales y más inconscientes sobrevivieron a mis insuficiencias y encontraron caminos productivos propios; descubrí finalmente que intentar sanar a mi pareja no era modo de crear una familia radiante de salud para ellos o para mí. Y en mi trabajo me he dado cuenta de que la fe en las posibilidades que el alma tiene de recuperación, renovación y trasformación puede contribuir a la realización de éstas.
La historia de la Sagrada Familia, a mi entender, señala un momento clave en el inevitable conflicto entre los valores que apoyan la individuación y aquellos que exigen que el individuo se sacrifique al grupo, un momento en el que la nueva vida y visión traída por el Niño es acosada y atrapada por un rey que ve amenazada su hegemonía por un poder desconocido. Los viejos reyes, los viejos dioses, parece que siempre han de responder de este modo. El babilonio Apsu preparó la muerte de sus criaturas porque perturbaban su sueño. Urano enterró a sus hijos recién nacidos y Cronos se los tragó. Estos dos Antiguos fueron al final derrotados por la Madre Diosa aliada con sus muchachos. Jehová se sintió confortado por la voluntad de Abraham de sacrificar a su hijo como acto de obediencia al Altísimo. Y al fin y al cabo el mismo Niño Dios se convirtió en Cristo el Crucificado, sintiéndose, en un instante memorable, abandonado por el Padre.
Pero Herodes era un rey secular, un prototipo de muchos reyes y emperadores, dictadores, presidentes y Padres Que Lo Saben Mejor, un número creciente de líderes (masculinos) que intentan encarnar el arquetipo del Uno que representa a los Muchos, cuyo poder se supone que ha de garantizar la supervivencia y bienestar del grupo, de la familia a la nación. Las sombras humanas de tales líderes, sin embargo, han crecido todavía más, hasta que quizá la amenaza que representan se hace más evidente que los beneficios que aportan. Padres terrestres como José, cuidadores del Niño y responsables ante un poder creador mayor que ellos mismos, continúan siendo ideales, pero la «virilidad» de un José es puesta en tela de juicio a medida que se hace más fuerte una visión unilateral del patriarcado. La dedicación a la familia, especialmente a la nueva vida que ella nutre, pasó a verse como el ámbito de las mujeres, mientras que el éxito en el mundo competitivo fuera de la familia se convirtió en la medida de los hombres.
Además, lo máximo que puede aportar un Herodes, aunque sea la más noble expresión del arquetipo del rey, es asegurar el bienestar de cierto colectivo a costa de su servicio al rey y la conformidad a sus objetivos, leyes y visión. La diana del miedo y la ira de Herodes era un potencial desconocido que le amenazaba pero que crecería para servir, así lo cuenta el mito, al bienestar espiritual de toda la humanidad.
En el momento de conflicto entre lo viejo y lo nuevo, entre lo establecido colectivamente y lo individual, hay siempre esa incertidumbre. No podemos saber de antemano adónde llevará la nueva vida, la nueva visión que no tiene el apoyo de la costumbre. A menudo parece, desde una perspectiva limitada, una amenaza. Cada uno de nosotros ha de decidir, quizá más de una vez en la vida, adónde se dirigen las lealtades de nuestra alma. Generalmente descubrimos el arquetipo que más profundamente vive para nosotros, y decidimos poner nuestra fe en él. Para mí parece haber sido el arquetipo de la Sagrada Familia, en una versión particular que encontré en mi infancia: Madre e Hijo, en un círculo de amoroso reconocimiento y lealtad a la posibilidad creadora.
Para mí, una imagen familiar apoya el ideal de individuación como meta del desarrollo personal. En este arquetipo descubrimos a un nuevo Uno como portador de regalos a los Muchos -aunque no, por supuesto, en la experiencia humana, de la magnitud literal de la historia de Cristo. Encontramos una bienvenida que invita a la renovación de la vida, y una posible tercera vía entre las exigencias de lo individual y las exigencias de lo colectivo: el camino de la individuación. La individuación designa un proceso en que cada uno de nosotros avanzamos hacia la plena realización de un potencial único. Cuando este proceso resulta estar en conflicto con las costumbres e ideas colectivas, nos vemos animados a ceder a la guía que procede de nuestro interior, escoger la autenticidad personal en vez de la segura adaptación. Nos vemos urgidos a tomar esta decisión conociendo su coste para nosotros y para los demás, y asumiendo la responsabilidad de sus consecuencias.
Obviamente, no es una decisión que se tome a la ligera, y ninguna autoridad humana exterior puede arrogarse el derecho de juzgarla. De hecho, la verdadera autoridad sentimos que es una más antigua y más universal que ningún colectivo, la cual habla a nuestra vida personal y a través de ella. El nombre junguiano para esta autoridad es el Yo.
En el corazón de la idea de individuación encontramos el impulso a servir intereses mayores que los del ego o los del colectivo, percibir ese servicio como verdadero y actuar para él con tanta integridad y autenticidad como podamos reunir.
Empezamos, tal vez, descubriendo y liberando esas partes de nosotros que han sido aprisionadas por heridas tempranas y por las percepciones distorsionadas que han crecido a partir de ellas. Aprendemos a cuestionar nuestras proyecciones habituales de aspectos oscuros de nosotros mismos sobre otros, ya sean miembros de la familia o miembros de otros grupos étnicos o raciales. Empezamos a reclamar como propias fortalezas y debilidades que habíamos pensado que pertenecían sólo al otro sexo.
Ensanchados y fortalecidos, avanzamos paso a paso hacia la posibilidad real de servicio altruista a otros, sin estar ya motivados por necesidades personales de seguridad, aceptación o de aparentar virtud. Éste es el trabajo de toda una vida, y por eso hablamos de la «senda de individuación» y no profetizamos su finalidad última.
En cualquier momento puede ser descubierto un nuevo «Niño Dios» en los belenes de nuestras almas.
Paso ahora a la familia lesbiana y el camino personal que me llevó a la experiencia del arquetipo de la familia de una forma inesperada. Mi elección de cómo vivir a menudo ha resultado difícil, tanto para mí como para la gente que amo. Una y otra vez me he encontrado dividida entre posibilidades en conflicto; a veces lo he sentido como un conflicto entre los deseos y necesidades de otros y la verdad de mi propia vida. Más a menudo, sin embargo, he visto estas oposiciones como necesidades de mí misma que compiten entre ellas. A una edad temprana decidí casarme con mi amor del instituto, recién llegado de la guerra, contra los deseos de mis padres y las esperanzas que tenían en mí. Luego luché entre un deseo de ser cantante y el amor y la seguridad que daba y recibía con mi marido y mi hijo. Y más tarde todavía, sentí el conflicto entre un estilo de familia y hogar de los años cincuenta y una apabullante necesidad de volver a clase. Había luchas básicas entre identidades primarias en conflicto: ¿Debo ser hija o esposa, cantante o esposa y madre, esposa y madre o estudiante del comportamiento humano? Hoy podría entenderse con más facilidad que ninguna de estas alternativas necesita excluir a la otra. Pero cada opción parecía realizarse a costa de la otra, y en cierto sentido era verdad. Cada opción exigía tiempo, energía y dedicación, y cada una podía haber consumido todo lo que yo tenía que ofrecer. Pero la pregunta era ésta: ¿Qué soy, quién soy más allá de los papeles y dedicaciones que me han absorbido en el pasado? Y por primera vez no tenía una respuesta preparada, a mano.
Los estudiantes de mediana edad y las alumnas femeninas no eran muy comunes en aquel tiempo y lugar, y las mujeres con pasiones que no se expresaran como devoción a otro resultaban sospechosas. Sin embargo, los tiempos estaban maduros, en mi vida y en la cultura de los incipientes años sesenta, para un giro hacia la guía interior. Con esto, el arquetipo de la familia, tan fundamental en mi vida, fue ahondándose hasta incluir una dimensión que hasta entonces no había considerado de una manera tan consciente. Me había impulsado, como he sugerido, a intentar crear situaciones en las que las nuevas vidas de los niños y las posibilidades no vividas del marido pudieran aparecer y florecer. Sentí la exigencia de que debía dar un nuevo nacimiento y respeto a mis potenciales no realizados, tanto intelectuales como espirituales. Consciente de esto, luché durante cinco años, pero al final supe que tendría que renunciar a la comodidad de sentirme virtuosa, que de hecho aquellos que amaba tendrían que pagar por mi sacrificio en pos del aprendizaje que anhelaba, no una verdad preciosa o feliz, sino una que necesitaba reconocer. En 1962 empecé a estudiar a tiempo completo en la universidad local, el primer paso claro en mi camino de individuación.
Ese camino ha encontrado separaciones y giros inesperados, así como nuevos encuentros, llegadas y viajes a territorios antes no imaginados. Nada ha sido o ha parecido tan predecible com lo era la vida antes del punto crucial de 1962, y las decisiones difíciles continúan presentándose. La familia a la que sirvo ha crecido en amplitud y también en profundidad. Me he preguntado una y otra vez: ¿qué es ahora auténtico en mí, qué nuevo nacimiento está ocurriendo y cómo he de servirlo en mí, en las otras personas que encuentro en el camino, en mi cultura, en el mundo que todos hemos de compartir? Las respuestas no son fáciles y a menudo parecen estar en conflicto, pero cuanto más conscientemente se hacen las preguntas y cuanto más se sufren los conflictos que ellas despiertan, más libre crezco.
Ahora he entrado en la creación de una nueva familia, nueva para mí y nueva como manifestación del arquetipo. Para quienes se imaginan la familia centrada de manera concreta e irremediable en la pareja heterosexual, la noción de una familia creada por una pareja del mismo sexo y centrada alrededor de ella puede ser algo casi inimaginable. Pero en mi vida compartida con una mujer encuentro todas las posibilidades arquetípicas y muchas de las dificultades humanas que se viven en la unidad familiar tradicional. He llegado tarde en la vida a esta experiencia y ello me ha evitado el pleno impacto de los prejuicios sociales contra una opción como la mía. Ese impacto habría tenido un efecto acumulativo sobre mí si lo hubiera padecido siendo joven y sin la experiencia que he obtenido de las otras luchas y conflictos de mi vida. Hubiera planteado más cuestiones si la crianza de mis hijos tuviera lugar en esta familia: ¿Cuál habría sido el efecto de las actitudes sociales sobre ellos, y el efecto sobre mi hijo de la vida familiar sin la autoridad central del padre? Pero sé, por mi propia vida y por las vidas con las que entro en contacto como analista, que la estructura familiar tradicional desde luego no garantiza la adultez feliz y productiva de sus hijos, que suele ser descorazonadoramente incapaz de estimular la posibilidad arquetípica. Lo que sienta el fundamento del bienestar de todos los miembros de una familia, jóvenes y mayores, es más bien la experiencia de un hogar construido por dos individuos de cualquier sexo que cooperan y se aman, aportando sus diversos dones a la creación de un ambiente sustentador. Si hubiera llegado antes a este modo de vida, habría perdido menos energías intentando superar las enseñanzas sociales y culturales acerca de mi potencial como mujer; habría perdido menos energías intentando convencer a otros de que soy una «mujer real» e inofensiva, incluso deseable, a pesar de mi mente tenaz y mi corazón atrevido. Y cualquier persona que buscara en mí apoyo y orientación habría sido antes bendecida por esa bendición. Mi compañera y yo hemos unido nuestros recursos para crear un hogar, con habitación para compartir y habitaciones para las tareas particulares de cada una.
Hemos combinado nuestras experiencias de la vida para crear nuevas formas de entendimiento y también nuevos conflictos, las condiciones para un crecimiento real de nuestra conciencia. Yo escribo, ella crea arte visual, y ambas trabajamos desde nuestras opciones y talentos respectivos como terapeutas, intentando ayudar a que otros fomenten las condiciones para un nuevo nacimiento en sus vidas. Nos apoyamos y animamos mutuamente en nuestras tareas personales y comunes.
Nuestra relación personal y profesional con hijas e hijo, hermano y hermana, y otros hombres y mujeres que valoramos enormemente, constituye otro círculo de apoyo; un conjunto de círculos entrelazados que forma un contexto más amplio para el crecimiento de todos.
El reconocimiento y apoyo que damos a las posibilidades de crecimiento y frágiles vulnerabilidades de cada una expresa, más de lo que nunca había conocido, el arquetipo al que he honrado durante la mayor parte de mi vida, consciente e inconscientemente. El lado oscuro del arquetipo de la familia, sobre todo de la madre, y las experiencias inevitables de ausencia, rechazo o restricción, forman parte de nuestras vidas tanto como la luz. Son como una especie de resaca en las aguas de la vieja y familiar desesperación, que puede incrementarse en momentos de tensión o pérdida. La empatía puede fallar, las viejas defensas pueden reorganizarse, el vínculo entre nosotras puede quedar raído y frágil. Pero nos damos cuenta de que está tejido con algo más fuerte que nuestros fracasos: una tela multicolor bordada con el antiguo emblema de la Familia.

Photo credit: Erprofe / Foter / CC BY-NC